Páginas vistas en total

lunes, 24 de octubre de 2016

Óleo Sobre Muertos

Allí, en la boca de las sombras, en el abismo del subconsciente, en el destierro deliberado de la cordura que la conciencia impone, encontrará mis dedos hilvanando sus heridas entre los jirones de mi hálito danzando su espalda, jurando sus trazos sobre mi lecho; óleo sobre muertos. Y la calma de la noche, en guerra con mis entrañas, me arrastra sobre su Kosovo, entre trajín y plomo, ceniza y polvo, invocando mi sangre aletargada en la retórica enterrada de nuestra complicidad.

Llevo mi estela retorcida en el desdoble de las calles, entre todos y nadie, al fondo del espejo erguido a través del eje de la realidad, en el que orbitan todos los brazos sosteniendo una misma cruz que anida en el instinto; la moral social es la esquela del individuo, la cloaca que arrastra al ser a un letargo abisal. Fuera del camino todo es niebla, una quietud ansiosa que apuñala la atmósfera hasta el pecho, una caída pausada y eterna mientras escuchas el leve aleteo del viento, los pasos sordos alejándose y el tiempo deshojándose en el rostro. Es el culmen fatal de la incertidumbre perenne y la paciencia, apilando escombros de puertas abiertas y erigiendo desmedidos muros que sobrevuelan el vacío.

beksinski
Separa este cristal sus manos del océano desbocado que encalla su odio en los límites de la inocencia que devora. Y vago, impasible, a la deriva del infinito de sus tinieblas caóticas y heladas crestas que procuran guiarme al fondo con su abrazo, como un baño de hiel y puñales maquillado en una nana que balancea mi voluntad hasta el sopor.

Sísifo, en mi sangre, nada hasta el centro del caos interminable y se ahoga cada anochecer.

Y jamás llega...


Jamás llega.