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miércoles, 22 de junio de 2016

Llanto Podrido

Trae manojos de cuervos en flor al enlace entre mi cuna y la tierra húmeda, a días de desidia y Nada entre estas maderas y el ruido humeante, con esas palmas grabadas en el sacramento incinerado en el que, enmohecido, crece y rechina el silencio. Hunde las uñas en el tuétano de estas sábanas de trizas, harapos de lombrices en comunión con la lluvia y el estiércol en el que reza, fieles plañideras, tiñen sus ojos en los paños ensangrentados del cumplido y la ligereza. Y al fondo de las costillas están los dedos amarrando su efigie calcinándose, en las profundidades del lodo y la maleza enraizada a la paciencia. Y el almizcle entierra su boca en mis entrañas deshechas en una ceremonia cosida a las plegarias de los gusanos removiendo su vuelo amortajado; su voz es mirra y cedro en el vientre.

El serpenteo de su lengua arrastra entre el pulso yermo de mis venas  mi recuerdo velado, huyendo de estas pupilas manchadas, esquivando los cipreses que crecen bajo mis vísceras chapoteando, ahogadas en la rabia enclaustrada y la tierra envenenada.

Deja como presente alhajas tintineando al latir de un tango esperpéntico engendrado en el pecho lacerado de la pestilencia, que oscila a la señal de la pandemia eterna de este lecho, en la falaz oración de su sonrisa clavando las rodillas y el llanto en el barro y la enfermedad con la que me arropó. El cántico maldito de las agujas aleteando sobre sus sienes arrastrará las vigilias que brindaba la luna tras los cristales, en los que contonean sus demonios en su aquelarre consagrado a velar su calma en el trance de las sombras.



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