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lunes, 4 de abril de 2016

Tierra Ahogada

         
Sembraba entre mis dedos los susurros de sus flores muertas, enraizando el aroma marchito del hastío y la languidez en mis venas y mis pasos envejecidos. El jazmín engalanaba una ponzoña embriagada empujando mis entrañas a lo largo de un corredor inerte que sostenía un arroyo pútrido, entre calabozos oxidados vociferantes, donde corrían a voluntad el delirio y la demencia enclaustrada. Y a una fosa anegada de ceniza y vómitos vino a velar mi cuerpo sepultado, donde la rabia hervía el infierno...
Dejó sus huellas atrás, en el declive de su sombra al fondo de la decadencia, y los suelos se resquebrajaron.

Zurciendo los huesos de la calma en las penumbras del mausoleo que hice de las cloacas, despedí a la luna bajo el almizcle y el lodo que arrastraba a los muertos calle abajo, un caudal de sangre y moscas ahogadas cargando la descomposición en un desfile funeral de estertores y miseria. Vi chapotear su cadáver naufragado encallando en las aceras, donde rompió su sonrisa, como un acantilado destrozando una barca en la tormenta; el tiempo arrancando lo que es suyo.

Agonizaban sus brazos arañando las rocas infinitas, subiendo y cayendo, anclada al fondo abisal de la ingenuidad, intentando alcanzar la vida con los intestinos de la noche encima; pero los gusanos ya carcomen sus cuencas, y sobre su pelvis desgarrada entonan los cuervos mi sonrisa velada en el silencio.