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sábado, 30 de enero de 2016

Claro de Luna



Deshilvano la oscuridad en esa tenue brisa que arrastra por dentro los últimos pétalos marchitos de un aliento podrido, que a estos dedos astillados se le hacían plomo anclado al yermo, al eterno desgarro de un lago enfermo; esa leve brisa que nada desnuda, que son sus ojos, que es su todo, desafiando las aguas pantanosas.

Trae tras su esencia la luna colgada al cuello, envolviendo el dolor, y la nana en la que me estremezco cada anochecer, quizá la vida o quizá maldita, arropo las heridas en su música y encomiendo mis pasos a la inconsciencia de seguir su luz, y que el tiempo me guarde en su pálpito o en su olvido; extra muros las agujas están muertas... pero nada muere. Susurra fugaz algunas veces en mi letargo su voz, durmiendo mi exilio, el anhelo repentino de que regrese; y esta sonrisa tan viva se antoja de muerto. Y en cada vigilia, con su voz invoco estruendos a la rendición y al destierro hacia mi guerra, y sus gritos apuntan resaltando mi nada; la ausencia virtuosa desvirtuando el ser.

Y entre el caos, florece su imagen bañada en un paño de seda traslúcida que se desliza frágil en sus ojos acunando el mundo; en su brazos, Psique danza como una sonata bajo el crepúsculo de Pléyades, dibujada en las alas que no siente, trenzando con sus plumas el aliento que me falta y las tormentas que me derriban; tiñendo níveo el cieno de la tierra y las brasas en las que deambulo.

Eclípsame la ciudad en tus manos.

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