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lunes, 24 de octubre de 2016

Óleo Sobre Muertos

Allí, en la boca de las sombras, en el abismo del subconsciente, en el destierro deliberado de la cordura que la conciencia impone, encontrará mis dedos hilvanando sus heridas entre los jirones de mi hálito danzando su espalda, jurando sus trazos sobre mi lecho; óleo sobre muertos. Y la calma de la noche, en guerra con mis entrañas, me arrastra sobre su Kosovo, entre trajín y plomo, ceniza y polvo, invocando mi sangre aletargada en la retórica enterrada de nuestra complicidad.

Llevo mi estela retorcida en el desdoble de las calles, entre todos y nadie, al fondo del espejo erguido a través del eje de la realidad, en el que orbitan todos los brazos sosteniendo una misma cruz que anida en el instinto; la moral social es la esquela del individuo, la cloaca que arrastra al ser a un letargo abisal. Fuera del camino todo es niebla, una quietud ansiosa que apuñala la atmósfera hasta el pecho, una caída pausada y eterna mientras escuchas el leve aleteo del viento, los pasos sordos alejándose y el tiempo deshojándose en el rostro. Es el culmen fatal de la incertidumbre perenne y la paciencia, apilando escombros de puertas abiertas y erigiendo desmedidos muros que sobrevuelan el vacío.

beksinski
Separa este cristal sus manos del océano desbocado que encalla su odio en los límites de la inocencia que devora. Y vago, impasible, a la deriva del infinito de sus tinieblas caóticas y heladas crestas que procuran guiarme al fondo con su abrazo, como un baño de hiel y puñales maquillado en una nana que balancea mi voluntad hasta el sopor.

Sísifo, en mi sangre, nada hasta el centro del caos interminable y se ahoga cada anochecer.

Y jamás llega...


Jamás llega.

martes, 27 de septiembre de 2016

Nana



Nos mecimos en el tiempo
con la muerte entre las costillas,
rindiendo en la pira a los cuervos
estos huesos que fueron saliva,
ruegos, sangre a la deriva.


Dimos suelo a las heridas
en una vida germinada en restos,
besos a nuestras cenizas,
y nos enterramos muy lejos
de la cala, de la villa; muy lejos.


En las trizas de aquel pecho
sobre el nombre de una niña
y su lecho.

miércoles, 22 de junio de 2016

Llanto Podrido

Trae manojos de cuervos en flor al enlace entre mi cuna y la tierra húmeda, a días de desidia y Nada entre estas maderas y el ruido humeante, con esas palmas grabadas en el sacramento incinerado en el que, enmohecido, crece y rechina el silencio. Hunde las uñas en el tuétano de estas sábanas de trizas, harapos de lombrices en comunión con la lluvia y el estiércol en el que reza, fieles plañideras, tiñen sus ojos en los paños ensangrentados del cumplido y la ligereza. Y al fondo de las costillas están los dedos amarrando su efigie calcinándose, en las profundidades del lodo y la maleza enraizada a la paciencia. Y el almizcle entierra su boca en mis entrañas deshechas en una ceremonia cosida a las plegarias de los gusanos removiendo su vuelo amortajado; su voz es mirra y cedro en el vientre.

El serpenteo de su lengua arrastra entre el pulso yermo de mis venas  mi recuerdo velado, huyendo de estas pupilas manchadas, esquivando los cipreses que crecen bajo mis vísceras chapoteando, ahogadas en la rabia enclaustrada y la tierra envenenada.

Deja como presente alhajas tintineando al latir de un tango esperpéntico engendrado en el pecho lacerado de la pestilencia, que oscila a la señal de la pandemia eterna de este lecho, en la falaz oración de su sonrisa clavando las rodillas y el llanto en el barro y la enfermedad con la que me arropó. El cántico maldito de las agujas aleteando sobre sus sienes arrastrará las vigilias que brindaba la luna tras los cristales, en los que contonean sus demonios en su aquelarre consagrado a velar su calma en el trance de las sombras.



lunes, 4 de abril de 2016

Tierra Ahogada

         
Sembraba entre mis dedos los susurros de sus flores muertas, enraizando el aroma marchito del hastío y la languidez en mis venas y mis pasos envejecidos. El jazmín engalanaba una ponzoña embriagada empujando mis entrañas a lo largo de un corredor inerte que sostenía un arroyo pútrido, entre calabozos oxidados vociferantes, donde corrían a voluntad el delirio y la demencia enclaustrada. Y a una fosa anegada de ceniza y vómitos vino a velar mi cuerpo sepultado, donde la rabia hervía el infierno...
Dejó sus huellas atrás, en el declive de su sombra al fondo de la decadencia, y los suelos se resquebrajaron.

Zurciendo los huesos de la calma en las penumbras del mausoleo que hice de las cloacas, despedí a la luna bajo el almizcle y el lodo que arrastraba a los muertos calle abajo, un caudal de sangre y moscas ahogadas cargando la descomposición en un desfile funeral de estertores y miseria. Vi chapotear su cadáver naufragado encallando en las aceras, donde rompió su sonrisa, como un acantilado destrozando una barca en la tormenta; el tiempo arrancando lo que es suyo.

Agonizaban sus brazos arañando las rocas infinitas, subiendo y cayendo, anclada al fondo abisal de la ingenuidad, intentando alcanzar la vida con los intestinos de la noche encima; pero los gusanos ya carcomen sus cuencas, y sobre su pelvis desgarrada entonan los cuervos mi sonrisa velada en el silencio.


sábado, 30 de enero de 2016

Claro de Luna



Deshilvano la oscuridad en esa tenue brisa que arrastra por dentro los últimos pétalos marchitos de un aliento podrido, que a estos dedos astillados se le hacían plomo anclado al yermo, al eterno desgarro de un lago enfermo; esa leve brisa que nada desnuda, que son sus ojos, que es su todo, desafiando las aguas pantanosas.

Trae tras su esencia la luna colgada al cuello, envolviendo el dolor, y la nana en la que me estremezco cada anochecer, quizá la vida o quizá maldita, arropo las heridas en su música y encomiendo mis pasos a la inconsciencia de seguir su luz, y que el tiempo me guarde en su pálpito o en su olvido; extra muros las agujas están muertas... pero nada muere. Susurra fugaz algunas veces en mi letargo su voz, durmiendo mi exilio, el anhelo repentino de que regrese; y esta sonrisa tan viva se antoja de muerto. Y en cada vigilia, con su voz invoco estruendos a la rendición y al destierro hacia mi guerra, y sus gritos apuntan resaltando mi nada; la ausencia virtuosa desvirtuando el ser.

Y entre el caos, florece su imagen bañada en un paño de seda traslúcida que se desliza frágil en sus ojos acunando el mundo; en su brazos, Psique danza como una sonata bajo el crepúsculo de Pléyades, dibujada en las alas que no siente, trenzando con sus plumas el aliento que me falta y las tormentas que me derriban; tiñendo níveo el cieno de la tierra y las brasas en las que deambulo.

Eclípsame la ciudad en tus manos.