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martes, 22 de diciembre de 2015

Condena

       
Hoy las miradas desprenden un hedor a cloaca, a podredumbre, arrastradas por una inconsciencia famélica e infectada en una senilitud superficial precoz, enferma de todo y de nada. La sangre y los vómitos se entremezclan en unos pulmones encharcados en la polución de las calles y la arrogancia. Serpenteo entre sombras, hienas que ríen histéricas y amenazantes, embriagadas de ego e ignorancia, incapaces de comprender que sus carcajadas son el llanto de una hueca existencia, invadidas por tal miedo a sí mismas, que llevan la cobardía grabada en la frente en el momento de enfrentar la realidad; no más que imágenes vacías. Las dejo atrás, con sus miradas de vencedoras de humo clavadas en la espalda y las risas en las que terminarán ahogándose cuando el tiempo empuñe afiladas sus deudas.

Al fondo del empedrado, tiemblo en la profundidad abismal del ser, en la inmensa vorágine de lugares desgarrados; entre los trazos claroscuros de estas almenas en las que abrí las puertas de nuevo a las máscaras, a las quimeras, a la mentira; al fantasma que duerme arropado en mi dolor, sacrificando mis noches en un aquelarre de alaridos contra los susurros malintencionados de sus recuerdos. Y caigo en un éxtasis onírico, un trance delirante y visceral. Y le escribo una y otra vez, y lo quemo todo; huele a sándalo y a desesperación, a locura, y todos los cristales entre las paredes estallan y se clavan contra los abrazos, y las sonrisas y la ternura comienzan a sangrar.

Suena un tintineo metálico lejano, lúgubre, entre la oscuridad, que parece contonearse suave, delicado, acercándose lentamente, abriéndose paso entre la garganta de este Pandemonium. Como un murmullo espirado, persuade mis oídos con una calma fantasmal y arrastra mi voluntad a las entrañas de mí mismo, y se alza en el abismo más profundo una celda y un cadalso que sostiene a un muerto aletargado. Despiertan sus ojos entre las tinieblas, tras el sombrío velo que cubre su rostro, intima en un vals trágico con mi mirada y las rejas se abren. Me mira mientras pasa a mi lado, grácil, y con una voz tenue, me invita a entrar y se aleja jugando con un hilo en una mano y un cuchillo en la otra: —Lo que debería ser, será.



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