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miércoles, 14 de enero de 2015

La Chanson Macabre




Afloran aromas muertos al temblar de las húmedas y podridas maderas de un reloj arrinconado entre las sombras de los derruidos muros de la desesperanza, mohosos y enraizados en el tic-tac de lo inevitable. Y retumba, ensordecedor, insoportable, como el lamento atronador de la desesperación, cada segundo que marcan esas perpetuas e incansables cuchillas.

Cruzo los umbrales imposibles de la estancia. Un paso, dos pasos, veinte años. Y en el absurdo de una lógica incorregible, desde la penumbra, me observa altanero y burlón, petrificado e inalcanzable, entonando cánticos al desgarro del vacío, el susurro atroz de los muertos de este cuerpo, esa voz que grita, ese demonio, esa flor marchita; el yo poético del caos más crudo, la degradación del Yo en el caos poético.

Invoca desbocadas imágenes enterradas que brotan desde las paredes y los suelos hundidos en el limo y el abandono, sonríe y me invita a arrastrar las vísceras entre mis dedos desnudos desde las náuseas maquilladas de este mundo, cabaretera de cárcel y reclusa de mercadillo.

Danzan las imágenes, espectros irónicos, arrastrando interminables cadenas oxidadas que rechinan y tintinean al son del suicidio ensayado, como una macabra tragicomedia musical, y oscilan en péndulo desde las vigas al compás del canto de las agujas, incinerados y sonrientes; provocando a la Vida, provocando a la Muerte.

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