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jueves, 12 de junio de 2014

Tango Fúnebre

          Se arrastraba hacia el abismo a través de cada escalón, de cada alféizar, deslizando  una palma junto a la boca del Pandemonium. Abajo, el Aqueronte, y en la otra mano, su calavera arrancada al vuelo del cuervo bajo las uñas de Malthas. Su cabello danzando oscuro en cada paso al vacilar del azufre y el betún, enraizado en su tez desvaída y los corazones podridos, en un escalofrío de la seda blanca que araña el suelo y su espalda.


Posa sus piernas a una sala que abre al mármol y al Leteo sobre una laguna negra, y al fondo un lecho rocoso, bañado en la sangre de los vivos, carroñeros de aliento infectado por la ausencia enferma y la miseria más corrupta, en el que jura su vida amortajada al letargo de la Nada.
Sobre su eterno nido cuelgan los filos de unas fauces etéreas envueltas en el grito de la inmortal agonía, ancladas a lamer el moho de la piedra, la desesperación y el hambre infinito. Como pluma que vuela como viento a la deriva, guía su pecho contra el suelo empantanado a engendrar el palpitar púrpura que supura la mandrágora en su hálito y desvanecerse en las ramas alargadas del loto y el atroz susurro del hastío.

Y en el declive amargo del expirar de sus lágrimas, el frío de una figura lejana recorre sus ojos avanzando hasta los pliegues descosidos que bañan sus piernas, tiende unos dedos desgastados a su barbilla, con mil sombras sobre sus hombros y la hiel en los labios. Desenreda su voz, leve, fría, como el tañer de un funeral de palabras, en el manto desolado de su impotencia. La arranca desconsolada de la mirada implacable de Tiresias y la luz muerta.
La sume en la danza macabra de tejer su sueño en un palíndromo, trenzando su cárcel en un tango sin carnes, en las líneas del blasfemo enoquiano encadenado a las manos de Moloch en su santuario enterrado. Con las agujas hundidas en las raíces de sus pulmones, exhala el dolor a su nuca entre el oscilar de tres piras fundidas en el pasado.
Y se detiene en seco, y en el trance delirado entre la vida y la muerte, despierta, retumba en su mente el latir de sus labios en su sangre:


Concédeme este baile en el vestíbulo del séptimo círculo; hazme tuyo, hazme nadie.



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