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miércoles, 25 de enero de 2012

Lenore


El aullar del corazón en mi tumba
Empuja y devora la luna, sesgo
De la lluvia, lacera y tortura
El llanto de Lenore en el espejo.

Al oráculo de tu hoja
Vengo a alojar mi reflejo
Y tu sombra.

Veo romper el cristal
De los pliegues de tus miedos
En dulce funeral,
Y el vacío rompe a helado cierzo,
Siendo cierto el hado
De ese beso sangrar muerto en tus manos.

Arranca tu alma el cielo,
Y a mis brazos este cuervo
Desterrado.

La Rêve D'une Berceuse


Desnuda la rosa en lágrima y luna,
Arrastra la espesura y sobre lápida
Jura a su pecho la daga oculta
Que grabe el destino fría y rápida.

Que la caricia en su sino
Guardó breve calma y dicha
A sus pasos.

Y eternos los vasos finos
De hiedra tomó perdida
En retazos.

Y tornó enredadera su dulzura
De cristal sobre cierta brisa árida,
Y muere la canción en la cuna
A la espera de la vida y su ánima.

sábado, 7 de enero de 2012

He Decidido Escribirte



He decidido escribirte esta despedida, a los pies de la niebla que nos abrigaba de la vida, de los besos y del ruido. Susurrarán mis dedos a tus manos lo que una vez fuimos, encerrados en el tañer de esas campanas que olían a jazmín, y que hoy doblan por ti y por mí. Y languidecen estas comisuras en el papel, o quizás vitela de lija, en el que esta sangre corre, se esconde y se eterniza a la caricia del ayer que grabó estas heridas.

No reprocho la calidez del sol de mañanas pasadas ni la brisa argéntea de la luna, que en este amanecer y esta madrugada no son sino las brasas de la tierra y el hielo de la noche, que traen a jugar a mi latir a aquellos niños que sonreían en nuestros labios en esta profunda lejanía y a la melancolía que se mece en mis barrotes…

Como ayer, hoy tu hálito recorre mi espalda y mis venas, como esa hoguera oculta en el bosque a la que acuden las manos heladas en busca del dulce calor de tus brazos; y me astilla… Me astillan los tímidos jirones de alma que aún quieren olvidarte, invitándome a tus sueños.

Ayer… Ayer fui la luz de un candil en el camino a casa, la sonrisa espontánea e increíble de un cuervo bajo la lluvia de pétalos de un cerezo blanco; el loco que escribe a su luna.

Ayer fui… Y hoy no soy más que un encapuchado cabizbajo y perdido en un oscuro callejón de camino a los nichos con un libro y el hilo de un cigarro.

He decidido escribirte esta despedida… aunque aún no te conozca.